Sisón

El señor del llano.

Si hay un ave que merece ser destacada en Cabeza del Buey, esa es sin duda el sisón común (Tetrax tetrax). Ligado estrechamente a los ecosistemas esteparios, este discreto pero fascinante habitante de nuestros campos ha visto cómo sus poblaciones se desploman a un ritmo alarmante. En 2023, fue catalogado como especie en peligro de extinción, reflejo de una decadencia que parece no tener freno.

Sin embargo, en este rincón de La Serena, el sisón encuentra uno de sus últimos refugios. Cabeza del Buey acoge una de las mayores poblaciones de sisón común a nivel mundial, un auténtico bastión de resistencia para esta especie. Durante el invierno, no es raro observar bandos de entre 250 y 500 individuos, que sobrevuelan los campos como un nostálgico eco de lo que un día fueron los grandes bandos esteparios. En primavera, impulsados por el celo, los machos se dispersan por la llanura para cortejar a las hembras. En verano, tan solo permanecen ellas junto a sus crías, mientras los machos emprenden pequeñas migraciones hacia zonas más húmedas o de regadío.

El nombre del sisón no es casual. En la tradición española, muchas aves reciben nombres onomatopéyicos, y el sisón es un buen ejemplo. Su apodo imita el curioso silbido que emite al volar, un siseo característico que se debe a la estructura singular de una de sus plumas primarias, más corta y profundamente escotada que las demás. Al batir las alas, el aire pasa por esa abertura produciendo un «si-si-si-si-si» que actúa como señal acústica para otros individuos. A ello se suma otro detalle visual: durante el vuelo muestra unas manchas blancas en las alas que, una vez posado, quedan completamente ocultas, aportando un doble sistema de comunicación.

En inglés, su nombre tampoco deja lugar a dudas: Little Bustard, es decir, «avutarda pequeña». Y es que, tanto por morfología, comportamiento y hábitat, el sisón es efectivamente el “hermano pequeño” de la avutarda, con quien comparte los grandes horizontes de la estepa ibérica. A diferencia de ésta, sin embargo, el dimorfismo sexual en el sisón solo es visible durante la época de celo. Pasado ese periodo, el macho pierde sus llamativos colores y se mimetiza con el entorno, haciéndose casi indistinguible de la hembra.

También su estrategia de defensa es distinta: frente a la robustez de la avutarda, el sisón apuesta por la ligereza, el vuelo rápido, y un comportamiento más gregario y social, donde la comunicación visual y sonora juega un papel esencial para la supervivencia.

Para los amantes de las aves, la primavera es el mejor momento para observar sisones en Cabeza del Buey. La elevada densidad de machos convierte nuestros campos en un auténtico escenario de cortejo, donde los “cantaderos” —zonas elegidas por cada macho para mostrar su valía— se llenan de vida. Allí, cada ejemplar recorre un pequeño territorio, de apenas 60 metros cuadrados, donde canta, salta y agita las alas para hacerse visible, especialmente si la hierba crece alta. A menudo, elige una roca elevada —conocida como “diente de perro”— como atalaya desde la que dejarse ver.

Pero este despliegue no es solo para atraer a las hembras: también es una clara señal para otros machos, una forma de marcar el terreno. No es raro que se produzcan encuentros tensos y peleas, tanto en tierra como en el aire, cuando alguien osa invadir un territorio ajeno.

Una vez realizada la cópula, el macho se desentiende. Será la hembra quien, en total soledad, buscará zonas de siembra o pastizal donde incubar los huevos y criar a los polluelos. Las imágenes de estos animales sobre praderas floridas y pizarras relucientes son un verdadero tesoro para los fotógrafos de naturaleza de todo el mundo.

Hoy día, el sisón no solo es motivo de observación y estudio local, sino que ha captado la atención de la comunidad científica internacional. Universidades como la de Oporto o Barcelona participan en proyectos de investigación paneuropeos que intentan descifrar su declive y buscar soluciones.

Este texto contiene fragmentos del libro Avutarda y sisón, vigilantes del llano, del naturalista Manuel Calderón Carrasco.