Desde tiempos remotos, estas tierras han sido testigos del paso y asentamiento de las primeras comunidades humanas. Las sierras que rodean Cabeza del Buey ofrecieron un refugio natural inmejorable: abrigos rocosos, cuevas protegidas, manantiales y un entorno rico en caza, elementos fundamentales para la supervivencia y el desarrollo de sus primeros moradores.
Los vestigios más antiguos que conocemos corresponden a restos de industria lítica paleolítica hallados durante las prospecciones en las áreas que hoy cubre el embalse de La Serena. Sin embargo, el verdadero tesoro prehistórico de Cabeza del Buey reside en su excepcional arte rupestre. Actualmente se contabilizan alrededor de setenta enclaves con pinturas rupestres repartidos por las sierras de Tiros, Rinconada y Pedregoso. Fue el abate francés Henri Breuil quien, durante la primera mitad del siglo XX, abrió la puerta a su estudio científico, catalogando en 1933 una amplia serie de pinturas esquemáticas que hoy conforman uno de los patrimonios culturales más antiguos e importantes del municipio.
En lugares como el Valle del Aliso, Cerro Estanislao, Morro de la Venta, Valle de la Cueva, Abrigo del Águila o el Olivar del Castillo de Almorchón, las rocas guardan testimonios pictóricos de un pasado lejano. Figuras geométricas y simbólicas, predominando los tonos rojizos y anaranjados, se combinan con colores más claros, amarillentos o blancos, y también con tonos oscuros negruzcos, que nos hablan de una comunicación visual y espiritual entre aquellos primeros habitantes y su entorno.
Cabeza del Buey también alberga un notable vestigio funerario: el dolmen de Cerroloboso. Este monumento megalítico, cuya datación se sitúa entre finales del Neolítico y el Calcolítico, alrededor del tercer milenio antes de nuestra era, consta de una cámara funeraria y un corredor construido con ortostatos, grandes piedras verticales que orientan su entrada hacia el este, símbolo recurrente en estas construcciones. En su interior se han recuperado restos humanos acompañados de un rico ajuar funerario compuesto por cuentas de collar, hachas votivas, puntas de flecha, cuchillos de sílex y conchas, que ilustran las prácticas rituales y sociales de sus constructores.
El cerro donde se ubica este dolmen es un enclave arqueológico de gran complejidad, donde también se han identificado dos cabañas neolíticas de planta circular, grabados rupestres, otros dos sitios con pinturas esquemáticas y un altar prehistórico, formando un conjunto que revela la profunda conexión espiritual y cotidiana entre estas comunidades y su paisaje.
Así, Cabeza del Buey se erige no solo como un testigo privilegiado de la Prehistoria, sino como un espacio donde la memoria de sus primeros pobladores permanece viva en las piedras, colores y formas que aún hoy podemos contemplar.
































