Aves invernantes

Las visitantes de los meses más fríos.

Tras el calor intenso del verano, el campo se prepara para uno de los momentos más esperados por los amantes de las aves: el paso otoñal. Las especies que han criado en Europa durante la primavera y el verano levantan el vuelo hacia África, en busca de climas más suaves. Pero, al mismo tiempo, otras miles de aves del centro y norte de Europa encuentran en La Serena y Cabeza del Buey un refugio perfecto para pasar el invierno, lejos del hielo, la nieve y la escasez de alimento de sus tierras natales.

Entre todas ellas, las grandes protagonistas son, sin duda, las grullas. Altas, elegantes y sonoras, su llegada marca el inicio del frío. Sus formaciones en “V” y sus inconfundibles trompeteos resuenan en los cielos como una llamada ancestral que cada otoño emociona a lugareños y visitantes. Gracias al seguimiento de ejemplares anillados, sabemos que muchas de estas grullas vienen desde Alemania, Finlandia o Letonia.

Uno de los mejores lugares para observarlas es el tramo entre los kilómetros 1 y 4 de la carretera BA-035, conocida como “La Golondrina”. Pero también se dejan ver en otros enclaves mágicos como el castillo de Almorchón, la charca, o fincas como Chaparral, Quinto el Peñón, Los Palazuelos o la Cabezuela. ¿El secreto que las atrae? La bellota, un alimento energético que les ayuda a reponerse del largo viaje y a prepararse para el invierno y la próxima cría.

Una vez instaladas, las grullas tienden a formar pequeños grupos familiares, fieles a los mismos lugares año tras año, siguiendo rutas heredadas generación tras generación. Cada amanecer y cada atardecer, sus vuelos hacia los dormideros —charcas, embalses o zonas húmedas donde pasan la noche— nos regalan un espectáculo de belleza natural que emociona y sobrecoge: cientos de grullas surcando cielos encendidos por el sol, al compás de sus llamadas.

Pero no están solas.

También hacen acto de presencia las avefrías —llamadas en la zona “aguasnieves”—, con su plumaje elegante y su vuelo inconfundible. Aunque comunes, siguen siendo una joya para la vista. Se dejan ver por los llanos de La Serena, sobre todo en compañía de rebaños de ovejas, con las que comparten la búsqueda de insectos. Su canto melancólico anuncia la llegada de las lluvias y, aunque suelen moverse en pequeños grupos, sus concentraciones durante el paso pueden ser espectaculares.

Junto a ellas llegan los chorlitos dorados, pequeños y simpáticos, que corretean en grupo por las estepas de Cabeza del Buey. Suelen aparecer algo más tarde que las avefrías, pero comparten espacios y gustos alimenticios. Antes de marcharse, pueden verse bandos de más de 500 individuos. También es posible observar grandes concentraciones de sisones, con grupos invernantes de entre 200 y 500 aves, toda una maravilla para quienes aman las aves esteparias.

El invierno en Cabeza del Buey también acoge a muchas otras especies: currucas capirotadas, zorzales, jilgueros lúganos, petirrojos, cercetas comunes, patos cucharas, gaviotas reidoras y sombrías, agachadizas, porrones, ánades frisos, estorninos pintos, e incluso rapaces como esmerejones, milanos reales o el discreto aguilucho pálido.

Y si tienes suerte y estás atento, puedes avistar especies más escasas que, en los últimos inviernos, también han elegido esta zona para detenerse: avefrías sociables, águilas pescadoras, chorlitos carambolos o la misteriosa lechuza campestre.

Observar el paso invernal de estas aves es una experiencia única, un vínculo entre continentes que se repite cada año. Si te apasiona la ornitología o simplemente disfrutas del silencio del campo y el sonido del viento entre las alas, La Serena y Cabeza del Buey te ofrecen uno de los mejores escenarios de la península para vivir esta maravilla natural.

 

La grulla en Extremadura: viajera del norte y guardiana de la dehesa

Cada invierno, cuando los días se acortan y las primeras heladas cubren los campos del norte de Europa, comienza un espectáculo natural que conecta los extremos del continente europeo: la llegada de las grullas comunes (Grus grus) a Extremadura. Estas aves, símbolo de elegancia y resistencia, protagonizan una de las migraciones más llamativas del continente, convirtiendo a la región extremeña en un santuario de vida silvestre.

Un viaje de miles de kilómetros

Las grullas crían en regiones boreales y templadas de Europa: Escandinavia, Alemania, Polonia, los Países Bálticos y Rusia son algunos de sus lugares de origen. Allí levantan sus nidos en marismas y humedales durante la primavera y el verano.

Con el final de la época de cría y la llegada del frío, emprenden su migración hacia el sur. Viajan en grupos organizados, dibujando la característica formación en “V” que les permite ahorrar energía, reducir la resistencia del aire y mantener el contacto visual entre individuos. Durante el trayecto, se comunican con un potente trompeteo que se escucha a gran distancia y que les sirve para mantener la cohesión del grupo.

En este viaje, que puede superar los 3.000 kilómetros, atraviesan Francia y los Pirineos, y poco a poco descienden hacia la península ibérica. Extremadura se convierte entonces en uno de los puntos de destino más importantes de toda Europa occidental, llegando a concentrar más de 120.000 ejemplares cada invierno, una cifra que convierte a la región en referente internacional para la observación de estas aves. Las zonas donde es más fácil la observación de Grullas en Extremadura son  La Serena, las vegas del Guadiana, Campo Arañuelo, las dehesas del suroeste de Badajoz y las rivberas del Ayuela, Salor, Tajo, Árrago y el Alagón

Alimentación: la riqueza de la dehesa y los cultivos

Una de las razones que explican la predilección de las grullas por Extremadura es la dehesa, un ecosistema único, mezcla de bosque y pradera, modelado por siglos de actividad humana en equilibrio con la naturaleza.

En la dehesa encuentran bellotas de encina y alcornoque, su alimento favorito durante el invierno. Estas semillas, ricas en hidratos y grasas, les proporcionan la energía necesaria para resistir el frío y acumular reservas para el regreso al norte.

También aprovechan los restos agrícolas, especialmente granos de maíz y cereales que quedan en el suelo tras la cosecha. Así, no solo encuentran alimento abundante, sino que además ayudan a limpiar los campos de residuos.

No hay que olvidar que la dieta de las grullas también está compuesta por pequeños animales como anfibios, reptiles e invertebrados como lombrices, caracoles, arácnidos y esporádicamente micromamíferos.

Cabeza del Buey, además de contar con dehesas tiene grandes llanuras agroganaderas que contienen rastrojos, posíos, barbechos y arroyos y someras charcas ganaderas que hacen aún más atractiva la estancia de las grullas en otoño e invierno.

Esta dieta variada y nutritiva hace de Extremadura un auténtico “buffet natural” para estas viajeras.

Dormideros y comportamiento social

Las grullas son aves gregarias. Durante el día, se dispersan en grupos por las llanuras agroganaderas y dehesas para alimentarse, pero al caer la tarde, todas se dirigen a sus dormideros colectivos. Estos suelen estar en embalses, lagunas, arrozales o zonas pantanosas, tablas de los ríos, arroyos y charcas agroganaderas donde iboresel agua les brinda seguridad frente a depredadores.

El momento en que las bandadas regresan al atardecer es uno de los espectáculos más bellos que puede ofrecer la naturaleza extremeña: largas hileras de grullas, volando en grupos, se posan con elegancia mientras suena el eco de sus trompeteos sobre el horizonte. El paso del Castillo de Almorchón, donde nos encontramos, es uno de los pasos de grullas más bonitos del continente, ya que estas aves sobrevuelan este icónico cerro y pasan a poca altura entre la sierra de la Rinconada (750 metros) y la sierra de Tiros (990 metros).

Una relación antigua con el ser humano

La presencia de las grullas en Extremadura no es un fenómeno nuevo. Desde tiempos antiguos, estas aves han estado ligadas a la vida rural:

Para los campesinos de antaño, la llegada de las grullas no era solo un espectáculo natural: era una señal del cielo. Con sus trompeteos anunciaban que el invierno ya había comenzado y que la tierra debía descansar, aguardando el renacer de la primavera. Aquellos sonidos se convertían en un auténtico “calendario natural”, recordando a las gentes del campo el ritmo eterno de las estaciones y los ciclos de la vida.

En Cabeza del Buey, la memoria de estas aves quedó plasmada incluso en el arte religioso. En la sacristía de la Parroquia de Nuestra Señora de Armentera aún se conservan frescos en los que aparecen representadas las dos especies que habitaron la comarca de La Serena en tiempos pasados: la grulla común, que todavía nos acompaña, y la grulla damisela, hoy desaparecida de estas tierras.

Con el paso del tiempo, el vínculo con las grullas ha ido transformándose. Ya no son solo un referente agrícola o espiritual, sino también un recurso cultural y turístico que sigue uniendo a las comunidades. Rutas de observación, festivales y programas de educación ambiental celebran cada invierno su llegada. Entre ellos destaca la Fiesta de la Grulla en Navalvillar de Pela, que cada mes de enero rinde homenaje a estas viajeras incansables y reúne a vecinos, visitantes y ornitólogos de todo el país en torno a su vuelo majestuoso.

 

Un espectáculo para los sentidos

Quien haya presenciado un amanecer en la Serena, el embalse de Orellana, la comarca de Campo Arañuelo o las Vegas del Guadiana con miles de grullas levantando el vuelo al unísono, difícilmente lo olvida. El cielo se llena de siluetas en movimiento y de sonidos que evocan la vida en estado puro.

La llegada de las grullas a Extremadura también supone un recurso turístico que cada año va adquiriendo más importancia, siendo un reclamo para turistas tanto nacionales como internacionales, ya que el comportamiento y hábitat de las grullas en Extremadura es muy diferente a sus zonas de cría.

Observarlas nos recuerda que, pese a las fronteras y los cambios humanos, las aves siguen dibujando sus propias rutas, uniendo el norte y el sur de Europa en un viaje milenario.

En resumen: La grulla en Extremadura es mucho más que un ave invernante. Es viajera incansable, embajadora del norte, símbolo de la dehesa y testigo del vínculo entre naturaleza y cultura. Cada invierno, miles de ellas nos recuerdan que la biodiversidad no entiende de fronteras, y que Extremadura sigue siendo un refugio privilegiado para la vida salvaje.